Hablando de los modos de habitar,
de las ciudades y de lo que nos queda de
los pueblos, hay un elemento que no
podemos dejar pasar por alto a la hora de visualizar un futuro y vivir un
presente. Indiscutiblemente, ese elemento es nuestro pasado, y aunque en él centenares
de vergonzosos sucesos hayan bañado en sangre y miseria nuestra nación, estos
sucesos no los podemos borrar como borrando el historial del búsqueda de un
servidor web, no podemos hacernos los de la vista gorda como la mayoría de los
que nos han precedido, no podemos continuar apoyando la doble moral amañada, es
hora de nombrar las cosas por su nombre, no podemos seguir en la ambigüedad permisible, goda y oligarca que
borra nuestra historia para beneficio sus bolsillos y que deja sobre el papel
un hueco en blanco o una narración que poco o nada se parece a la realidad.
A estos gérmenes insaciables que
se han devorado nuestra patria tenemos que arrancarlos de raíz, sacarlos a la
luz y a la vista de todos para que los podamos ver como los grandes monstros y
adefesios que son, debemos observarlos,
estudiarlos, recordad cuantas veces nos hemos equivocado y aprender de ellos. También debemos poner al a vista de todo lo
bueno, enardecernos, orgullecemos de ello y hacernos partícipes. Alguna vez leí
que la memoria no era humana sino social, que las cosas tenían su propia
memoria que la guardada en sus formas, en sus usos, en sus colores, en sus
historias; historias que nos cuentan a gritos pero que no oímos ni vemos,
porque nos hacemos los sordos y los ciegos para una mayor comodidad; y mientas estamos ahí cómodos en nuestros sofás
viendo y escuchando lo que nos gusta, la cosas, sus formas, sus colores, sus
usos y nuestra historia va desapareciendo entre las manos de particulares y la
destrucción de su desvaloración.
¿Dónde están las casa de nuestros
abuelos? Esas bellezas arquitectónicas y espaciosas que albergaban numerosas
familias, con antejardines llenos de colores y de olores a flores vivas, con
pequeñas fuentes de agua, con solares llenos de verduras frescas y florecidos árboles
frutales, con el embriagador olor a tierra húmeda después de la lluvia, con
corredores extensos dignos de competencias en bici o en patines, de habitaciones
hasta para el rebujo donde se podía jugar escondidijos sin ser encontrado, con
cocinas como epicentro, tan amplias que podían albergar a toda la familia y algunos
cuantos invitados más, con fachadas tan llamativas que se debatían entre lo
rustico y lo romántico, de puertas y ventanas de tallas elaboradas y hierro
finamente forjado. Pobres viejos, no comprendieron el tiempo, se desgastaron la
vida entera construyendo con sus propias
manos lugares maravillosos para habitar; casas de piedra, tapia y bareque para
la eternidad, y no se dieron cuenta que el tiempo está constituido de segundos
e instantes y que estos son arrastrados por el viento.
El embrión en donde vivimos dejan de ser
pueblos para darle paso a lo que llaman “modernidad”, “civilización”, es la
hora de la ciudad, de su enmarañada vida y su acelerada velocidad; seguimos
cambiando espejos por oro, aún no logramos zafarnos del modelo colonial, ahora
construimos colonias verticales. Las grandes constructoras se han encontrado su
mina; comprar grandes casas colono-republicanas para construir adefesios
arquitectónicos que llaman edificios. Triplican, cuadriplican y hasta más sus
inversiones, y ¿nuestros antepasados qué? ¿Nuestra memoria dónde queda? ¿La
memoria de las cosas? ¿Qué identidad podemos construir sin un pasado, sin un
recuerdo? ¿Cuál es entonces nuestro patrimonio? ¿Cuál es entonces nuestra
historia? ¿Estamos, pues, condenados a borrarnos una y otra vez por la
eternidad?

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