lunes, 13 de abril de 2015

¿Dónde están las casa de nuestros abuelos?




Hablando de los modos de habitar, de las ciudades y de lo que  nos queda de los  pueblos, hay un elemento que no podemos dejar pasar por alto a la hora de visualizar un futuro y vivir un presente. Indiscutiblemente, ese elemento es nuestro pasado, y aunque en él centenares de vergonzosos sucesos hayan bañado en sangre y miseria nuestra nación, estos sucesos no los podemos borrar como borrando el historial del búsqueda de un servidor web, no podemos hacernos los de la vista gorda como la mayoría de los que nos han precedido, no podemos continuar apoyando la doble moral amañada, es hora de nombrar las cosas por su nombre, no podemos seguir en la  ambigüedad permisible, goda y oligarca que borra nuestra historia para beneficio sus bolsillos y que deja sobre el papel un hueco en blanco o una narración que poco o  nada se parece a  la realidad. 
A estos gérmenes insaciables que se han devorado nuestra patria tenemos que arrancarlos de raíz, sacarlos a la luz y a la vista de todos para que los podamos ver como los grandes monstros y adefesios que son, debemos  observarlos, estudiarlos, recordad cuantas veces nos hemos equivocado y aprender de ellos.  También debemos poner al a vista de todo lo bueno, enardecernos, orgullecemos de ello y hacernos partícipes. Alguna vez leí que la memoria no era humana sino social, que las cosas tenían su propia memoria que la guardada en sus formas, en sus usos, en sus colores, en sus historias; historias que nos cuentan a gritos pero que no oímos ni vemos, porque nos hacemos los sordos y los ciegos para una mayor comodidad; y  mientas estamos ahí cómodos en nuestros sofás viendo y escuchando lo que nos gusta, la cosas, sus formas, sus colores, sus usos y nuestra historia va desapareciendo entre las manos de particulares y la destrucción de su desvaloración. 
¿Dónde están las casa de nuestros abuelos? Esas bellezas arquitectónicas y espaciosas que albergaban numerosas familias, con antejardines llenos de colores y de olores a flores vivas, con pequeñas fuentes de agua, con solares llenos de verduras frescas y florecidos árboles frutales, con el embriagador olor a tierra húmeda después de la lluvia, con corredores extensos dignos de competencias en bici o en patines, de habitaciones hasta para el rebujo donde se podía jugar escondidijos sin ser encontrado, con cocinas como epicentro, tan amplias que podían albergar a toda la familia y algunos cuantos invitados más, con fachadas tan llamativas que se debatían entre lo rustico y lo romántico, de puertas y ventanas de tallas elaboradas y hierro finamente forjado. Pobres viejos, no comprendieron el tiempo, se desgastaron la vida entera  construyendo con sus propias manos lugares maravillosos para habitar; casas de piedra, tapia y bareque para la eternidad, y no se dieron cuenta que el tiempo está constituido de segundos e instantes y que estos son arrastrados por el viento. 
 El embrión en donde vivimos dejan de ser pueblos para darle paso a lo que llaman “modernidad”, “civilización”, es la hora de la ciudad, de su enmarañada vida y su acelerada velocidad; seguimos cambiando espejos por oro, aún no logramos zafarnos del modelo colonial, ahora construimos colonias verticales. Las grandes constructoras se han encontrado su mina; comprar grandes casas colono-republicanas para construir adefesios arquitectónicos que llaman edificios. Triplican, cuadriplican y hasta más sus inversiones, y ¿nuestros antepasados qué? ¿Nuestra memoria dónde queda? ¿La memoria de las cosas? ¿Qué identidad podemos construir sin un pasado, sin un recuerdo? ¿Cuál es entonces nuestro patrimonio? ¿Cuál es entonces nuestra historia? ¿Estamos, pues, condenados a borrarnos una y otra vez por la eternidad?

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