donde los besos son como esas cascadas
que, sin miedo, se lanzan a las simas profundas
y corren sollozantes, con gritos sofocados
donde los besos son como esas cascadas
que, sin miedo, se lanzan a las simas profundas
y corren sollozantes, con gritos sofocados
El viejo Maywa Wara tenía más de 100 años cuando falleció, no
lo mató ninguna enfermedad ni ningún enemigo; murió de viejo, tenía una sonrisa
coqueta y de satisfacción al momento de su fallecimiento. A pesar de su
avanzada edad era como un árbol de Samán, su basta sabiduría era extensa como
la copa del árbol con la que cubría toda su aldea, de corpulencia proverbial,
de tronco fuerte y duro, y su piel era de la misma textura de la corteza. Los
ancestros del viejo Maywa habían llegado por el mar, y entre sus historias había
cientos de seres mitológicos que los héroes de su tribu tuvieron que vencer
para llegar hasta estas tierras, a las cuales llamaban “Sumaq” que en Quechua
sígnica Bello y han sido su hogar por mucho tiempo. Para el viejo Maywa había
una cosa que le llenaba su corazón de alegría, subir a la montaña sagrada desde
donde se conectaba consigo, con el cosmos y con el Dios Sol.
Cuando los europeos arribaron a Samuq, la sangre de Maywa
nutrió la tierra como la lluvia riega los campos, los genes europeos e
indígenas se mezclaron con la corpulenta raza negra. Así nació don Jesús
Santamaria de la Buenaesperanza de López, un arriero de pura cepa levantado con
fécula de maíz, papa y yuca; quien tuvo una recua de hijos y otra de bestias
para poblar estas tierras. A Don Jesús le encantaba abrir camino con su macheta
monte arriba y llevar mercancías de un lugar a otro. La mayor parte del tiempo
se la pasaba en otras tierras, llevando desde mensajería entre enamorados hasta
encargos de herramientas para herrería, hermosas telas bordadas y finos embaces
de vidrio. Pero había una cosa que ensalzaba el corazón de Don Jesús cuando
estaba en su casa, subir con su esposa y sus 16 hijos a la Cerro de la Cruz como
se le conocía a la montaña sagrada desde los tiempos de la colonia.
Rodrigo López, descendiente de Don Jesús, más paisa que la
arepa, cambio las cuatro patas por dos ruedas, las mulas por su caballito de
acero. Desde pequeño pasaba por los corredores de la casa de su abuela materna en
su triciclo a toda velocidad. Luego, todas las mañanas antes de irse a estudiar,
ordeñaba las vacas con su padre, se ponía su uniforme y salía a montar. Con
cada gota de su sudor empezó a conquistar grandes triunfos, cada pedalazo lo convierte
en uno de los mejores ciclistas del mundo, lo apodan “El indio de la montaña” y
va clavando banderas antioqueñas por las cimas del mundo. Para Rodrigo lo más placentero
es estar en su pueblo, junto a su familia y sus amigos, y sacar su bicicleta
por la mañana para subir el alto de Cruz, la misma montaña sagrada que subían
sus ancestros.
En la cima de nuestra montaña sagrada se encuentran el
presente, el pasado y el futuro de nuestro pueblo, porque arrieros somos y en la
cima nos encontramos.
The old Maywa
Wara was over 100 years when he died, he was not killed by any disease or
enemy, he died due to his old age, he had a flirty and satisfying smile at the
time when he pass away. Despite of his advance age, he was like an old tree,
his knowledge was like the top of the tree, and with it he covered all his
tribe, he had proverbial corpulence, his body was strong and hard as a trunk,
and his skin had the same contexture of the bark.
The ancestors
of the old Maywa have arrived by sea, and among their stories there were
thousands of mythological beings that the heroes of his tribe had to defeat to
arrive to these lands which they called “Sumag” that in Quechua means “beautiful”,
and that have been their home for a long long time. There was one thing that
filled the heart of the Old Maywa, to climb the sacred mountain where he could
connect with himself, with the cosmos and with the Sun, his God.