sábado, 23 de octubre de 2021

Arrieros somos y en la cima nos encontramos

 

El viejo Maywa Wara tenía más de 100 años cuando falleció, no lo mató ninguna enfermedad ni ningún enemigo; murió de viejo, tenía una sonrisa coqueta y de satisfacción al momento de su fallecimiento. A pesar de su avanzada edad era como un árbol de Samán, su basta sabiduría era extensa como la copa del árbol con la que cubría toda su aldea, de corpulencia proverbial, de tronco fuerte y duro, y su piel era de la misma textura de la corteza. Los ancestros del viejo Maywa habían llegado por el mar, y entre sus historias había cientos de seres mitológicos que los héroes de su tribu tuvieron que vencer para llegar hasta estas tierras, a las cuales llamaban “Sumaq” que en Quechua sígnica Bello y han sido su hogar por mucho tiempo. Para el viejo Maywa había una cosa que le llenaba su corazón de alegría, subir a la montaña sagrada desde donde se conectaba consigo, con el cosmos y con el Dios Sol.

 

Cuando los europeos arribaron a Samuq, la sangre de Maywa nutrió la tierra como la lluvia riega los campos, los genes europeos e indígenas se mezclaron con la corpulenta raza negra. Así nació don Jesús Santamaria de la Buenaesperanza de López, un arriero de pura cepa levantado con fécula de maíz, papa y yuca; quien tuvo una recua de hijos y otra de bestias para poblar estas tierras. A Don Jesús le encantaba abrir camino con su macheta monte arriba y llevar mercancías de un lugar a otro. La mayor parte del tiempo se la pasaba en otras tierras, llevando desde mensajería entre enamorados hasta encargos de herramientas para herrería, hermosas telas bordadas y finos embaces de vidrio. Pero había una cosa que ensalzaba el corazón de Don Jesús cuando estaba en su casa, subir con su esposa y sus 16 hijos a la Cerro de la Cruz como se le conocía a la montaña sagrada desde los tiempos de la colonia.

 

Rodrigo López, descendiente de Don Jesús, más paisa que la arepa, cambio las cuatro patas por dos ruedas, las mulas por su caballito de acero. Desde pequeño pasaba por los corredores de la casa de su abuela materna en su triciclo a toda velocidad. Luego, todas las mañanas antes de irse a estudiar, ordeñaba las vacas con su padre, se ponía su uniforme y salía a montar. Con cada gota de su sudor empezó a conquistar grandes triunfos, cada pedalazo lo convierte en uno de los mejores ciclistas del mundo, lo apodan “El indio de la montaña” y va clavando banderas antioqueñas por las cimas del mundo. Para Rodrigo lo más placentero es estar en su pueblo, junto a su familia y sus amigos, y sacar su bicicleta por la mañana para subir el alto de Cruz, la misma montaña sagrada que subían sus ancestros.

En la cima de nuestra montaña sagrada se encuentran el presente, el pasado y el futuro de nuestro pueblo, porque arrieros somos y en la cima nos encontramos.

 

The old Maywa Wara was over 100 years when he died, he was not killed by any disease or enemy, he died due to his old age, he had a flirty and satisfying smile at the time when he pass away. Despite of his advance age, he was like an old tree, his knowledge was like the top of the tree, and with it he covered all his tribe, he had proverbial corpulence, his body was strong and hard as a trunk, and his skin had the same contexture of the bark.

The ancestors of the old Maywa have arrived by sea, and among their stories there were thousands of mythological beings that the heroes of his tribe had to defeat to arrive to these lands which they called “Sumag” that in Quechua means “beautiful”, and that have been their home for a long long time. There was one thing that filled the heart of the Old Maywa, to climb the sacred mountain where he could connect with himself, with the cosmos and with the Sun, his God.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario