En el artículo se exponen
una recopilación de ideas de algunos escritores del siglo XIX con una configuración
del discurso hegemónico de los intelectuales como José Manuel Restrepo, Manuel
Uribe Ángel, Álvaro Restrepo Eusse) y de
comienzos del siglo XX como Luis López de Mesa; en los cuales se busca
establecer un común denominador de lo que representa ser antioqueño, entorno a
la narrativa de la dificultad que representaba del entorno geográfico. Según estos
autores el sobreponerse a las dificultades territoriales y llevar la región en
aras de la “civilización” van a dar surgimiento al pueblo de la montaña, como esa sociedad de hombres tenases ante ese
medio agreste y hostil que va a formar su carácter orgulloso, dinámico y emprendedor. Lo que vemos acá, podríamos
considerarlo un discurso regionalista y moldeador contrapuesto a las nociones
del imaginario del poder colonial en la cual en palabras de Mon y Velarde era
una provincia miserable y de habitantes
vagos y perezosos.
En este sentido, los rasgos
identitarios y característicos de los antioqueños hacen de estos y de su región
los diferencian del resto en una escala nacional; ya que, el territorio
estructura su identidad colectiva representados principalmente en las montañas,
gente de la montaña, que compartían sus
dificultosas características topográficas, y hacía de ellos un pueblo signado por
la lucha y la confrontación permanente a la adversa naturaleza, en una lucha
que forjó su carácter.
Estos ilustrados
regionalistas, que desde nuestro punto de vista buscaban impulsar la región y
el imaginario colectivo, y que definían el espacio geográfico, lo definían entre
otras cosas como: adbrutas montañas, pendientes
cordilleras, ríos terrenosos, áridos, estériles y quebrados suelos, de selvas impenetrables… toda una tierra
arrugada, escambrosa, fangosa y confusa entre la cordillera central y oriental.
Este espacio impenetrable, encerrado y aislado no podía otra cosa más que
atormentar a los hombres, bloquear la comunicación, impedir la movilización;
pero esto en lugar de representar un obstáculo para sus habitantes se convirtió
en un papel importantísimo para el “desarrollo y la civilización”; aunque a su
vez, este aislamiento también configura
el conservadurismo y el apego a las costumbres.
Es así como vemos el
nacimiento del mito del “paisa echao pa
delante” denominados desde el siglo XIX por estos ilustrados como héroes, rudos, emprendedores, independientes
y libres; ponemos especial cuidado este
termino de libres, estos hombres que a pesar de todas las
penurias fueron capaces de dominar la naturaleza y traer la “civilización”, verracos emprendedores que fueron
capaces de sacar el oro y traer las mercancías desatando consigo las características
de la creatividad, la persistencia y el emprendimiento, héroes prodigiosos
adelantados y progresistas; o por lo menos así lo dejan ver nuestros ilustrados
del siglo XIX.
Arrasar y tumbar monte es
para la época un proceso de función “civilizadora”, es todo un proceso
civilizador que contribuye a sacar del letargo y retraso de Antioquia; inclusive, estos intelectuales de la época llegan
hasta el punto de usar el lenguaje militar para comparar la colonización con la
guerra y a los colonos con el ejercito
que lucha por la civilización, esto en palabras del mismo Juan de Dios
Restrepo.
Sin duda, es un discurso generador de identidad o
identitario que incluso podría llegar a tener tintes o matices racistas, raza suprema, casi divina; en palabras
de los intelectuales de la época sagrada:
civilizar es una entrañable moción unificadora y cohesionadora
de sentido y coherencia al proceso social que se llevaba a cabo. En este
contexto, civilizar se traduce en la transformación por medio del esfuerzo y el
trabajo, el “nosotros” que ha
producido dominio y control sobre la natura en función de los valores paisas (familia,
esfuerzo, trabajo, prosperidad, control territorial, tradición). Por otro lado
ha sido un discurso casi xenofóbico, excluyente, pues el salvajismo y la
barbarie es el otro (indios, negros y mulatos); y lo no civilizado es el monte, lo inhóspito, las
tinieblas, lo indomable, lo desconocido, lo incontrolado). Iniciando así, una
larga cadena de mentalidad que continua hasta nuestros días de una visión “optimista”
de bienestar y progreso, una transformación en la mentalidad de todo un grupo
social que pasa de ser una provincia pobre y harapienta a un estado rico y próspero,
donde, supuestamente, esta riqueza no se basa tanto en los recursos sino en el
despliegue de los esfuerzos humanos, “en
la desmesura y dedicación al trabajo”. Dejando muy en claro que para
estos ilustrados de época, la pereza y vagabundería
habían quedado atrás y que en adelante una de las mayores particularidades de
la “raza” antioqueña serían la valoración y apego al trabajo que había formado el
“carácter” en el imaginario antioqueño.
