El
fracaso que viven los estados latinoamericanos se debe en principal medida a la
falta de inversión del estado en el campo y al poco desarrollo industrial del
mismo. La falta de estas dos variantes en nuestras sociedades ha dado como
resultado un atraso que se traduce a un fracaso rural y por consiguiente
institucional que se puede evidenciar en las grandes ciudades con
conglomeraciones de pobreza y las grandes acumulaciones de los monopolios y monocultivos
en los campos.
Ningún
estado moderno exitoso se ha construido o consolidado con instituciones
débiles, con agriculturas poco productivas, con estructuras agrarias atrasadas
y de escaso dinamismo, con el espacio rural altamente segmentado, excluyendo al
grupo social que conforma el campesinado, y sin invertir en políticas estatales
que protejan la producción agraria y sus productores.
De lo
contrario, si los gobiernos y las instituciones no son eficaces y socialmente
legítimas como en el caso colombiano, es imposible que se logren
transformaciones que anulen las redes de la corrupción institucional y se
destituyan los poderes oligárquicos que cambian el bienestar social por la
represión estatal. Se necesita un estado fuerte institucionalmente que rompa
con el persistente y paralizante circulo vicioso y corrupto que desangran los
recursos de la nación.
Para
que nuestros estados progresen se necesita un mayor papel promotor por parte
del estado en la transformación agraria, la trasformación rural produce
condiciones para desarrollo económico en general. Se necesitan gobiernos no
oligárquicos para una administración pública efectiva que consolide el
empoderamiento del campesino de las zonas rurales, que permita mejorar las
condiciones de vida de la población rural. De lo contrario, seguiremos en un
círculo de atraso sin salida, donde además de pobreza podremos estar a puertas
de la desaparición del cuerpo campesinado tal cual lo conocemos ahora, pues la
presión sobre la propiedad de la tierra ha terminado dejando al campesino sin
tierra, y creando grandes emigraciones a las ciudades super pobladas que ahora
tenemos en la región, llenas de desplazados, de desempleados, de pobreza, de
hambre y capital humano subutilizado, arrancado de sus raíces, de su pasado, y
excluidos del “modernismo y del progreso” del presente y ni que decir del
“aliciente y prometedor” futuro.
El
sistema inequitativo de tenencia latinoamericano actual, donde el 1% posee el
60% de la tierra cultivable y el 100% de las tierras más productivas, están
acabando con el campesino y lo están convirtiendo en una nueva figura
totalmente desarraiga, sin identidad social y vulnerable al servicio de las
multinacionales y sus extensos monocultivos. Por consiguiente, el acto de
destrucción de la clase campesina se constituiría en el acto final de la
democracia, ya que es este la más fuerte resistencia al consumismo;
desintegrando las sociedades campesinas se amplía el mercado, de esta forma el
capitalismo se puede reproducir sin ninguna atadura al pasado ni ningún aprecio
a la naturaleza ya que la agricultura moderna ya no lo necesita.
Sin
consolidación de los campesinos donde ellos mismo se autorreconozcan y se
empoderen de sí mismos y de sus tierras, y sin un estado regulador de las
tierras que impulse las políticas y la tecnología agraria, nuestras
“democracias” seguirán estando arrodilladas al servicio de las multinacionales
mientras las oligarquías continúan enriqueciéndose.
