Él cae de rodillas totalmente agitado de correr bajo la lluvia de esa noche de luna llena, totalmente agitado de pedir auxilio de puerta en puerta.
—¡Soledad! Ya veo que no me has abandonado.
El perseguidor se acerca por detrás, pisando un charco, le pone al arma contra la cabeza y de un sólo sórdido estallido le saca todas las ideas de la cabeza; mientras al fondo cruza Soledad, tan sola como el silencio en la oscuridad.
Yorick Doe
viernes, 11 de junio de 2010
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